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Parashat de la Semana / פרשת השבוע
por Rabino Daniel Zang
 
Parasha Devarim / פרשת דברים por Rab Dani

Parashat Devarim, da comienzo al último libro de la la Torá, el libro de “Deuteronomio” es también conocido como “Mishné Torá” – “Repetición de la Torá”, pues Moshé repite en él todas las cosas que ya se dijeron en la Torá. En la parashá “Shmot” – “Éxodo”, Moshé dice que él no es un hombre de palabras: “Y le dijo Moshé a Dios: Te ruego, Adonai, no soy yo hombre de palabras ni desde ayer ni tampoco desde anteayer, ni desde el tiempo en que has hablado a Tu servidor, ya que lento de palabra y lento de locución soy yo”. (Éxodo 4:10). Con el correr del tiempo, Moshé se convierte en líder y repite las palabras de Dios delante del pueblo. Por eso, el libro de Deuteronomio comienza con las palabras: “Estas son las palabras que habló Moshé a todo Israel”. (Deuteronomio 1:1).

La parashá comienza con la continuación de la travesía hacia la tierra de Canaan. Dios le dice a Moshé que debe levantarse e ir al Monte Seir, al lugar donde estaban asentados los hijos de Seir. Dios avisa al pueblo que, en su camino hacia la Tierra Prometida, van a encontrarse con otros pueblos y deben comportarse con ellos de manera pacífica y no provocarlos, pues también aquellos pueblos recibieron de Dios un territorio para asentarse en él.

Antes del asentamiento de los moabitas en Moab, ellos se asentaron en Refaim, un pueblo antíguo a cuyos miembros se los consideraba gigantes, y los moabitas los llamaron “Emim”: “Los Refaim son considerados ellos también como gigantes. Pero los moabitas los solian llamar “Emim”” (Deuteronomio 2:11). También en los territorios pertenecientes a los hijos de Amón se asentaron los Refaim y los Amonim los llamaban “Zamzumim”, de la palabra “mezimá” – “astucia”, pues eran pueblos de gran estatura que acostumbraban a actuar con astucia y artimañas: “Y los Amonitas los llamaban “Zamzumim”” (Deuteronomio 2:20). Moshé destaca que Dios exterminó a los Refaim y permitió a los Amonitas heredar su tierra (Deuteronomio 2:21).

Se les ordena a los hijos de Israel cruzar el río Arnón hacia el reino de los Emorim (Deuteronomio 2:24). Moshé se dirige a Sijón, rey de los Emorim, en son de paz, pero él decide salir a la guerra contra Israel. Los hijos de Israel destruyen sus ciudades, matan a sus habitantes y toman el botín. Después de la guerra contra Sijón, los hijos de Israel continúan su travesía hacia Bashán, hacia la tierra de Og, quien también era un gigante, sobreviviente del pueblo de los Refaim (Deuteronomio 3:11). Dios calma al pueblo para que no tema porque, así como Él hizo con Sijón, rey de los Emorim, también hará con Og, rey de Bashán (Deuteronomio 3:2-3).
En la parashá “Shlaj Lejá”, en el libro de Números, leímos por primera vez la descripción de los pueblos asentados en la Tierra Prometida. Los espías describieron a los numerosos habitantes de la tierra como gigantes y se compararon a sí mismos como langostas, como pequeños insectos que se pueden destruir fácilmente: “...Es tierra que se come a sus habitantes, y todo el pueblo que hemos visto en su seno, hombres de estatura son. Y ahí hemos visto a los Nefilim: los hijos de Hanak, descendientes de los Nefilim, aparecimos ante nuestros ojos como langostas, y así éramos ante los ojos de ellos” (Números 13:32-33). Los espías describen a la tierra como que “come a sus habitantes” y las langostas son la creaturas más pequeñas que pueden ser comidas. Así ellos destacan sus sensación de que la tierra los va a tragar fácilmente. La imagen de las langostas es la imagen propia: los espías se ven a sí mismos pequeños frente a las personas de gran estatura. En la parashá “Devarim”, Moshé recuerda el relato de los espías y nuevamente son recordados los gigantes que habitan la tierra: “Y también hijos de Anak (gigantes) vimos ahí” (Deuteronomio 1:28).

Muchas explicaciones se dieron al adjetivo “anak” - “gigante”. Para nosotros, “Refaim” y “Anakim” son personas de gran estatura. Es decir, opuestos a los seres de pequeño tamaño, como las langostas. La parashá “Devarim” trae, como ejemplo, las medidas del cajón en el cual fue enterrado Og rey de Bashán, y estima así el tamaño intimidante del rey: “Pues solamente Og, rey de Bashán, había quedado del remanente de los Refaim; he aquí que una cama, cama de hierro, -que por cierto está en Rabbah de los hijos de Amón-, nueve codos es su largo y cuatro codos es su ancho, en codo de hombre” (Deuteronomio 3:11). En nuestra parashá se aprende que gracias a la ayuda de Dios se puede vencer a los gigantes: “Entregó Adonai nuestro Dios en nuestra mano, también a Og, rey de Bashán, y a todo su pueblo. Lo batimos hasta no dejarle sobreviviente” (Deuteronomio 3:3).

La descripción de los Refaim, personas de gran estatura, los Nefilim, Og rey de Bashán, Goliat y otros gigantes, nos quiere enseñar que, a veces, por miedo y temor, le damos mucha importancia a los datos físicos. Cuando estamos en guerra con un enemigo externo o con enemigos que se encuentran dentro nuestro, los datos concretos no deberían ser el único parámetro para valorar el poder de las partes. El espíritu del ser humano, su fe, su firmeza y su apego al objetivo por el cual pelea, no son menos importantes, -y quizás hasta lo son más aún-, para el resultado final de la lucha.

 
Parasha Matot - Masei / פרשת מטות - מסיע por Rab Dani

“Dios mio, abre mis labios y mi boca pronunciará Tus loores”. Asi comenzamos nuestra amidá, pidiendo que nuestras palabras tengan un sentido de elevación. En realidad, la capacidad de hablar es, particularmente, lo que nos distingue del resto del reino animal. Al decir “hablar” no me refiero a la simple habilidad para comunicar información; sabemos que otros animales son capaces de alcanzar esta proeza, cada uno a su manera. Me refiero a la habilidad para hablar sobre el pasado y el futuro, a la habilidad para imaginar y conceptualizar. Esto significa que nuestras palabras no solo sirven como descripción o evidencia; también sirven como instrumentos de acción. Por ejemplo, la novia en su boda cuando dice “Acepto”; estas palabras no son solo testimonio de su deseo de casarse; en parte, son ellas las que crean el matrimonio. Lo mismo es cierto de las palabras harei at mekudeshet li –“Ved que tú me estás prometida”– recitado por el novio a la novia en una boda judía, poco antes de ponerle el anillo en el dedo a su pareja.

La evidencia de la importancia de las palabras en la Parashá Matot es ambivalente, especialmente en lo que respecta a la interpretación de los rabinos. La porción comienza declarando que los compromisos son creados a través de votos; un momento después, sin embargo, dice que un padre o marido puede cancelar los votos de su hija o esposa. Al instituir hatarat nedarim, literalmente, “la dispensa de los votos”, los rabinos invalidan el poder de los votos significativamente. Un sabio puede anular los votos de una persona si es posible determinar que, si aquella persona que tomó los votos hubiera sabido o comprendido cierta información, no los habría hecho en absoluto. (Volveremos a esta problemática ley después). En este ejemplo, el poder de las palabras es, en el mejor de los casos, equívoco.

Más adelante en la porción de la Torá, las tribus de Gad y Rubén expresan su deseo de asentarse en la ribera oriental del Jordán, en la tierra capturada a Sijon, los amoritas, y a Og, rey de Bashan, en lugar de seguir hasta la tierra de Canaán. Tras superar su ira inicial, Moisés les concede esa tierra bajo una condición. Si se unen a sus hermanos en la conquista de la tierra de Canaán, se les dará la tierra que desean. Pero si no lo hacen, perderán el derecho a la tierra al este del Jordán.

Los rabinos utilizan este relato como modelo para formular las leyes relativas a las condiciones. Por ejemplo, uno de los requisitos para formular una condición válida, según la ley judía, es que ésta sea tenai kaful, una “condición doble”; esto significa que debe ser planteada tanto en positivo como en negativo. Así, por ejemplo, si yo digo “Si no llueve mañana entonces no donaré $100 para caridad, pero si llueve mañana, entonces donaré $100 para caridad”, si al día siguiente llueve, estoy obligado a donar los $100. Sin embargo, si solo digo “si llueve mañana donaré $100 para caridad”, estoy obligado a hacer la donación aunque no llueva.
Ahora podemos explicar esto técnicamente; la ley judía determina que el término “si” no cumple con los requisitos de mi obligación. Solamente si digo “si y solo si” –formulando mi condición tanto en positivo como en negativo– se cumplen los requisitos de la declaración y sus condiciones implícitas. Aun así, la ley es problemática. La intención de la persona que hizo el voto está clara; solo pretendía que entrara en vigor si la condición se cumplía. ¿Por qué, entonces, está obligado de todos modos? La respuesta yace en el poder de las palabras. Las palabras de esta persona, de la manera en que fueron formuladas, crean una obligación, fuera o no ésta su intención. Solamente una condición debidamente formulada, puede evitar que esa obligación entre en vigor. Como esta persona falló al declarar tal condición, sus palabras ahora lo obligan. Aquí encontramos palabras que tienen poder propio, independientes de las intenciones de la persona que las pronunció.
Así como Dios creó el mundo con palabras, con las mismas, lo podemos destruir. Somos esclavos de nuestras palabras y dueños de nuestro silencio. Pero un silencio prolongado, desvirtúa la existencia, porque a veces llegan tiempos para comprometernos.

Que nuestras palabras construyan nuevas realidades, de felicidad, de paz y de comunidad.

 
Parasha Balak / פרשת בלק por Rab Dani

El supuesto poderío militar de Israel hace que cunda el pánico entre los líderes de Moab, que tras las dos impresionantes victorias, sólo la tierra de los moabitas los separa de la conquista de Canaan. Balak ben Zipor, Rey de Moab, sabe que ha llegado su turno. Desesperado, recurre a una medida preventiva poco convencional. Llama a Bil´am hijo de Beor, un mago de Mesopotamia, para que eche una maldición a Israel. Aunque Bil´am se presenta, Dios frustra el plan. Dentro del marco monoteísta de la Torá, Bil´am sólo puede proferir lo que Dios le ordena. En consecuencia, lo que sale de sus labios es una efusiva alabanza sobre Israel, para consternación del Rey.

Los Rabinos se dejan llevar por su imaginación, en un creativo midrash, tratando de explicar lo que llevó a Balak a hacer uso de esta táctica en particular. Espantado por la fuerza de Moisés, interroga a los midianitas, entre los que Moisés se había refugiado una vez huyendo de la ira del faraón. Ellos le respondieron que la fuerza de Moisés residía en su boca, es decir, que sus plegarias tenían la capacidad de hacer que Dios actuara en su beneficio. Para neutralizar esa arma, Balak vuelve sus ojos a la magia. La fuerza de Bil´am también reside en su boca. Su maldición triunfará sobre las plegarias de Moisés. Y sin la ayuda divina, Israel será eminentemente derrotada (Rashi en 22:4).

Las palabras son armas cuando están cargadas del poder de convicción. Mientras las plegarias de Israel encarnen una fe profunda, un sentimiento de elección y diálogo verdadero, tendrán la capacidad de mantener el caos a raya. Con esta información, Balak intuyó que el recurso principal del poder de Israel era espiritual y no militar.

Para nosotros, el campo de entrenamiento para esa transformación del espíritu llegaría a ser eventualmente la sinagoga, el espacio sagrado que retumba con la palabra hablada. Cuan apropiado es, entonces, que las primeras palabras que decimos al entrar a la sinagoga por las mañanas sean tomadas del elogio de Bil´am: “¡Cuán hermosas son tus tiendas, oh Jacob, tus moradas, oh Israel!” (24:5). Mientras que en la Torá estas palabras expresan el asombro de Bil´am, ante la extensión y calidad del campamento de Israel, en el Sidur expresan nuestra gratitud por la subsistencia. A lo largo de la permanencia en el exilio, Israel encuentra refugio en la sinagoga, donde la oración y el estudio tejen una telaraña de significado existencial. Es la sinagoga la que genera el vocabulario que nos permite resistir y prevalecer.

A pesar de toda su importancia, el ritual de la sinagoga es solo un medio para lograr un fin. En el judaísmo, el comportamiento es más importante que la fe. La fe sin hechos no cambiará el mundo. Y el mundo rabínico articula esta jerarquía de valores en una alarmante comparación entre las figuras de Abraham y Bil´am.

“Quienquiera que posea estas tres cualidades se cuenta entre los discípulos de nuestro padre Abraham, y aquellos que posean las tres cualidades opuestas se encuentran entre los discípulos del malvado Bil´am: Un espíritu generoso, un alma humilde y un apetito modesto; quien así sea es un discípulo de nuestro padre Abraham. Un espíritu envidioso, un alma arrogante y un apetito insaciable; quien así sea es un discípulo del malvado Bil´am.” (Or Jadash, Rubén Hammer, 275-276).

Lo que se trata en estas dos perspectivas opuestas del mundo es, claramente, la forma en que vivimos. Bil´am personifica un estilo de vida volcado hacia uno mismo. El otro siempre ocupaba un puesto secundario. En contraste, las virtudes de Abraham se combinan para reducir el ego. La compasión, la humildad y el auto-control no solamente le dan prioridad al otro sino que también devalúan las posesiones materiales. El judaísmo pretende el auto-control, pues la nobleza de carácter requiere de un toque de ascetismo. Semejante virtud no es producto de la descendencia biológica, sino más bien del esfuerzo persistente. La judeidad se define por lo que hacemos con nuestras vidas. Como Abraham, podemos elegir seguir la voz de Dios, refractada en los textos sagrados del judaísmo.

Esa misma escala de valores es enunciada por el profeta Miqueas (siglo VIII), cuyas palabras constituyen nuestra haftará de esta semana. Lo que en la superficie las une es su alusión a Balak y Bil´am. En una veta más profunda, defiende la primacía de la ética sobre el ritual. La meta de la religión genuina no es ablandar a Dios por medio de un ascenso en el número de sacrificios, culminando con la ofrenda del propio primogénito. Por el contrario, lo que Dios ha exigido desde siempre es “solamente ser justo y amar la bondad y caminar modestamente junto a tu Dios” (6:8). La mejor manera de infundirle al mundo santidad es disminuir el ego. Mientras el ritual esté unido a esa aspiración, será capaz de proveernos con la disciplina necesaria para elevarnos sobre nosotros mismos.

 
 
Parasha Bemidvar / פרשת במדבר

Esta semana comenzamos a leer el cuarto libro de la Torá, que recibe el nombre de "Bemidvar" (En el desierto) por la quinta palabra que aparece en el primer versículo y que por otro lado, en las traducciones es conocido con el nombre de "Números", derivado de los tiempos talmúdicos en que también se lo denominó "Jumash HaPekudim" – "El libro de los censos".

Y ambos constituyen los temas centrales de este libro: Por un lado, el relato de los variados acontecimientos por los cuales pasó el pueblo de Israel en el desierto luego de la salida de Egipto, y por otro, las listas de los diversos censos a los cuales ellos fueron sometidos.

Esta primera parashá es diferente a las otras en cuanto al ritmo conocido del relato bíblico se refiere, -generalmente caracterizado por la narración de tramas-, y, como si hiciera una pausa en el mismo, describe censos, números, listas de nombres, el orden, el lugar y las funciones de cada tribu del pueblo.

Y parecería que éstos son solamente "detalles técnicos" de orden y organización, pero, en realidad, son datos básicos e importantes, no sólo para saber "cuántos" eran, sino –principalmente- para saber "quiénes" eran. Porque dentro de la tradición judía nuestra identidad personal está determinada por un nombre que incluye el nombre de nuestros padres, que nos indica nuestra ascendencia y nuestra relación con las generaciones anteriores, formando así una cadena.

Hace un par de años, se inauguró en Jerusalem un museo instalado al lado del Muro Occidental, llamado –justamente-, el "Museo de la Cadena de las Generaciones". La característica del mismo es que la visita incluye un recorrido por la historia de nuestro pueblo, -desde la creación del mundo hasta la actualidad, siempre con Jerusalem en un lugar central de la historia-, basada en nombres escritos en columnas hechas de vidrios. Desde Adán y Eva hasta los soldados y soldadas caídos en las guerras de Israel, pasando por los sabios del Talmud hasta los fallecidos en atentados en Israel, tienen sus nombres esculpidos en vidrio, indicando que cada uno de ellos fue –y es!- importante para la existencia del pueblo judío.

En esta parashá recordamos algunos nombres de la "generación del desierto", frágil y dura al mismo tiempo, como el vidrio. Una generación que conoció la amargura de la esclavitud, la responsabilidad de la libertad, las dificultades del desierto y el momento sublime de la entrega de la Torá, que –justamente-, vamos a recordar en los próximos días con la celebración de la fiesta de Shavuot.

"Y habló Adonai a Moshé en el desierto de Sinai...", dice el primer versículo del libro de "Bemidvar" y de nuestra parashá, y el énfasis está en la palabra "midvar"- "desierto" para referirse al Sinai, y que en el libro de "Shemot" (Éxodo) –donde recordamos el momento de la entrega de la Torá- era "har"- "montaña". El "har", la montaña, era el lugar donde uno solo podía llegar: Moshé; el desierto es el lugar del pueblo. Pero ambos tienen en común la palabra, el lugar, el nombre: Sinai, donde ocurrieron acontecimientos centrales en la historia y la formación de nuestro pueblo.

Lo individual y lo grupal forman a un pueblo. Los nombres representan personas, individuos que –juntos-, forman grupos, columnas, cadenas y generaciones.

Que en esta nueva oportunidad en la que recordamos la presencia de nuestro pueblo en el desierto del Sinai frente al monte Sinai, podamos nosotros también volver a sentir -como individuos y como pueblo-, "como si nosotros mismos hubiéramos estado en el Sinai", y agregar así –con acciones, alegría y orgullo-, nuestros nombres a la larga cadena de las generaciones del pueblo judío.

   
   
 
Parashat Vaiejí / פרשת ויחי

Postrado en su lecho de muerte, Jacob llama a sus nietos, Efraín y Menashé. Él quiere bendecir a los hijos de su querido José aun antes que a sus propios hijos, afirmando el pacto de Abraham con la generación siguiente.

José trae a sus hijos y los coloca en el orden de su nacimiento para recibir las bendiciones. Creando una escena que se reconstruye de nuevo cada Shabat, Jacob coloca sus manos sobre estos niños y comienza su plegaria.

Dice la Torá: "Entonces extendió Israel su mano derecha y la puso sobre la cabeza de Efraín que era el menor, y su izquierda sobre la cabeza de Menashé, guiando adrede las manos, aunque Menashé era el primogénito." (Gén. 48:14)

José se apura a señalar que Jacob aparentemente se equivocó al poner su mano derecha, la prominente, en el hijo menor. La corrección de José nos recuerda las palabras de Labán a Jacob, cuando este pidió en matrimonio a Raquel antes que a su hermana mayor, Lea. Dice Labán: "En nuestro lugar no se hace así, de dar la menor antes que la mayor" (Gén. 29:26). Asimismo, la práctica común dicta que el hijo mayor recibe la primera, y quizás la mejor, bendición.

Pudiéramos creer que las acciones de Jacob se relacionan con su mala visión. Recordemos que ésta fue una de las razones por las que Jacob mismo pudo adquirir la bendición del primogénito de parte de su padre Isaac. Sin embargo, sería miopía entender este embarazoso momento como una falla relacionada con la vista, cuando Jacob dice: "Lo sé, hijo mío, lo sé; éste también vendrá a ser pueblo, y él también será grande; y sin embargo su hermano menor será más grande que él; y su linaje vendrá a ser una multitud de familias" (Gén. 48:19). Cuenta el Midrash que los actos de Jacob tienen conexión con un repentino encuentro profético que preveía acciones más grandes en los descendientes de Efraín que en los descendientes de Menashé.

Este diálogo entre Jacob y José es más que una escaramuza familiar sobre autoridad. Palabras repetidas, aun letras, en la Torá, nos informan que está sucediendo algo más en nuestro texto sagrado de lo que parece a primera vista. En el versículo mencionado anteriormente, cuando le aclara las cosas a José, Jacob dice: "Yadati bni yadati", que se traduce como "Lo sé, hijo mío, lo sé". Del resto del versículo entendemos que este patriarca moribundo está explícitamente consciente de sus actos y de quienes le rodean. Pero podría haber expresado esto sin decir "lo sé" dos veces.

Esta repetición aparentemente innecesaria nos hace plantearnos una pregunta: ¿por qué Jacob dijo yadati dos veces? Aún más, puesto que yadati significa "lo sé", ¿qué es lo que sabe Jacob y quiere compartir con su familia?

En nuestro mundo físico, mortal, las leyes naturales –de la física, del tiempo y hasta del orden de los nacimientos en una familia– tienen importancia. En el mundo antiguo, y aun en varias culturas actuales, el orden en que se nace determina los derechos y obligaciones sociales y familiares de cada persona. Igualmente, el bejor (primogénito), en el judaísmo, ocupa una posición muy estimada. Cuando el Templo existía, antes de la instalación de la tribu de Leví como guardianes del Tabernáculo, los primogénitos estaban destinados, originalmente, a cumplir con este papel.

Al bendecir al hijo menor primero, Jacob enseña a las generaciones futuras una lección valiosa. En un primer nivel, transmite que las acciones y el carácter importan más que el orden de nacimiento, cuando se trata de lograr el éxito y determinar las bendiciones que tendremos en vida. Ni siquiera el haber sido bendecido primero garantiza el éxito futuro, pues este episodio no se limita a procurar una meritocracia.

El primer yadati de Jacob se refiere al conocimiento y experiencia que posee de primera mano, que demuestra que la vida no siempre sigue una trayectoria lineal. Como proclama el salmista, la grandeza de Dios es ein jeker, más allá de nuestra comprensión (Salmo 145). Vemos la prueba de este patrón repetidas veces en Génesis. Abraham, el más joven de tres hermanos, recibe el llamado de Dios. Isaac hereda los derechos de nacimiento por encima de su hermanastro mayor, Ismael. Jacob mismo recibe la primogenitura sobre su hermano gemelo, Esaú. Y José, el hijo de la segunda esposa, Raquel, toma las riendas de la familia, gobernando literalmente sobre sus hermanos, incluido Rubén, hijo mayor de Jacob.

Cuando se trata de la fe y el pacto con los hijos de Abraham, el orden de nacimiento humano y las reglas normales de la naturaleza no se aplican. En otras palabras, nuestros derechos de nacimiento no están determinados por el orden en que nacemos. Esto representa el mensaje fundamental de toda la Torá, en lo que respecta a niveles familiares y nacionales.

El que Jacob pronuncie dos veces yadati también señala a sus descendientes que el pacto de Abraham ha entrado en una nueva fase. Poco antes en Génesis, encontramos a Abram -sin hijos en ese momento- hablando con Dios: "Sabe con toda seguridad que tu simiente será extranjera en tierra ajena, donde la reducirán a servidumbre, y la oprimirán cuatrocientos años" (Gén. 15:13). Es importante destacar que la expresión "sabe con toda seguridad" aparece en realidad como dos palabras, yadoa teida, en el texto hebreo. Tanto en este versículo como en el de la Parashá Vayehi, la palabra hebrea para "saber" aparece dos veces, cuando una habría sido suficiente.

El segundo yadati sirve como precursor del capítulo siguiente para la floreciente nación israelita. Lo que Jacob sabe es que el camino que les espera estará lleno de privaciones, esclavitud y aflicción, pero que la salvación les espera más adelante. ¿Quién podría imaginar que un pueblo esclavo podría irse, ni mucho menos liberarse, de sus amos, la superpotencia mundial de la época? Y sin embargo, el pacto de Abraham no se apega a las reglas comunes que rigen las ciencias políticas.

En su ensayo "Sobre los judíos" de 1898, Mark Twain hace esta aseveración:

Los egipcios, los babilonios y los persas surgieron, llenaron el planeta con sonido y esplendor, luego… desaparecieron. Los griegos y los romanos les siguieron. El judío los vio a todos, superó a todos y es ahora lo que siempre fue, sin muestras de decadencia, ninguna debilidad de la edad, ninguna debilidad de sus partes… Todas las cosas son mortales excepto el judío; todas las demás fuerzas pasan, pero él permanece. ¿Cuál es el secreto de su inmortalidad?

Dos mil años después de la escena de Jacob en su lecho de muerte, Twain se maravilla de la presencia insondable y sostenida del pueblo judío, a pesar de nuestras tragedias y tribulaciones. Cincuenta años después, con la fundación del Estado de Israel, David ben Gurión provee una respuesta a la interrogante de Twain: "En Israel, para ser un realista, hay que creer en los milagros."

Cada viernes por la noche, cuando los padres reconstruyen esta antigua escena al abrazar y bendecir a sus hijos, comunican que nuestras acciones le darán forma a las bendiciones que recibamos. De igual importancia, ellos comparten el saber de nuestro patriarca Jacob: que el pacto de Abraham significa que lo inesperado puede ocurrir en cualquier momento y traer salvación a nuestro pueblo y a todo el mundo.

 
 
Parashat Nitzavim-Vaiélej / פרשת ניצבים וילך

La próxima semana celebraremos Rosh Hashaná, por lo que nuestra parashá, coincidentemente, profundiza en el tema del arrepentimiento (teshuvá). El Judaísmo rabínico cree que Dios nos dio la elección de "pecar", pero también nos dio la posibilidad de arrepentirnos.

La idea de la libertad de elección ya fue explicada de buena manera en las Leyes de Arrepentimiento de Maimónides (5:2): "...Toda persona puede ser justa como nuestro maestro Moisés o malvada como Jeroboam, al igual que sabia o necia, misericordiosa o cruel...y así en todos los demás rasgos. Nadie la obliga...y nadie la arrastra por ninguno de los dos caminos, sino que ella misma, por su propia determinación, se inclina hacia el camino que prefiere".

Por otro lado, así como toda persona tiene la posibilidad de pecar, también tiene la posibilidad de corregir sus acciones y arrepentirse. Cuando una persona peca, ella "falla" en acertar los objetivos que fueron establecidos por El Santo Bendito Sea y Su Torá; cuando la persona se arrepiente, vuelve a Dios y a Sus preceptos y así "acierta" en los objetivos del Judaísmo. Por lo tanto, dijeron en Pirkei Avot (4:17): "Mejor una hora de arrepentimiento y buenas acciones en este mundo, que toda la vida en el mundo venidero".

¿Y quién tiene que tomar la iniciativa y llevar a cabo el proceso de arrepentimiento? No tenemos sacerdotes ni santos que nos perdonen por nuestras transgresiones. Cada judío debe examinar sus acciones y arrepentirse por sí mismo. Así aprendemos del relato de Elazar ben Dordia (Talmud de Babilonia, Avodá Zará 17a), que "no hubo una sola prostituta en el mundo a la cual no visitó". Al final, quiso arrepentirse. ¿Qué hizo? "Fue y se sentó entre dos montañas y colinas y dijo: "Montañas y colinas, pidan piedad por mí", y ellas se negaron. Dijo: "Cielos y tierra, pidan piedad por mí", y ellos se negaron. Entonces dijo: "Todo depende de mí". Colocó la cabeza entre sus rodillas y lloró...". Todos nos parecemos a Elazar ben Dordia, todos buscamos una "montaña" o "colina" que pida piedad por nosotros, pero no hay un emisario para el arrepentimiento. Al final, todo depende de nuestra voluntad de mejorar y volver al buen camino. ¿Y cómo es el proceso de arrepentimiento?

He aquí cinco pasos descriptos en nuestras fuentes:

1- Arrepentimiento – "Se arrepentirá de sus malas acciones y dirá en su corazón: ¿Qué hice? ¿Cómo no sentí temor ante Dios en ese momento?" (Rabenu Ioná, Shaarei Teshuvá 1:10).

2- Confesión – Confesar nuestras transgresiones . Y no es suficiente leer las listas de las mismas del Majzor. Cada uno debe confesar sus propios pecados. (Shuljan Aruj, Oraj Jaim 707:1).

3- Conciliación – Ir hacia el prójimo, reconciliarse con él y pedirle perdón hasta que lo disculpe. (Shuljan Aruj, Oraj Jaim 706:1).

4- Abandonar el pecado – "¿Y qué es el arrepentimiento? Es que el pecador abandone su pecado y lo borre de sus pensamientos, y diga en su corazón que no lo volverá a hacer". (Maimónides, Leyes del Arrepentimiento 2:2).

5- No volver a cometer el mismo pecado al encontrarse ante la misma situación – "¿Cuál es el arrepentimiento perfecto? El de aquella persona ante la cual se presenta la oportunidad de repetir el mismo pecado que antes cometió, pero se aparta y no lo hace por causa del arrepentimiento". (Maimónides, Leyes del Arrepentimiento 2:1).

Finalmente, surge la pregunta: ¿Cuándo conviene arrepentirse? Nuestros Sabios determinaron que el mejor momento es entre Rosh Hashaná y Iom Kipur (Oraj Jaim 703). Pero es preferible arrepentirse en cualquier momento, como aprendimos: "Rabi Eliezer dice:...y arrepiéntete un día antes de tu muerte (Pirkei Avot 2:10). Preguntaron sus alumnos: ¿Acaso la persona sabe en que día morirá? Les respondió: Por eso debe arrepentirse hoy, por si muere mañana, ¡y así se arrepentirá todos los días!" (Talmud de Babilonia, Shabat 153 a). Sea Su voluntad que podamos tomar seriamente el mensaje de los Iamim Noraim y, como consecuencia de ello, se cumpla la visión del profeta que citamos en la ceremonia de Tashlij en Rosh Hashaná: "Él volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades y arrojará en lo profundo del mar todos nuestros pecados". (Mija 7:19). porque recordemos "atem nitzavim kuljem haYom", estamos nuevamente aqui parados, para revisar nuestro pacto.

 
 
 
Parashat Vaetjanan / פרשת ואתחנן

Nuestra tradición suele recrear un momento histórico a través de la liturgia. Nuestro año calendario está lleno de festividades y rituales que nos transportan a épocas antiguas y nos inspiran a involucrarnos en el relato y a revivir determinados momentos sobresalientes de la historia. Esta semana en particular, cuando el 9 de Av, leemos sobre la destrucción del Templo, continuamos el duelo de nuestros ancestros, por las calamidades que sobrevinieron. Aunque es posible interpretar este relato como una medida preventiva, para aprender de nuestra historia y no repetirla. Así el mensaje del judaísmo transforma una maldición, en bendición. Es una bendición para nosotros el ser capaces de revivir los momentos difíciles de la vida, y la razón para esto puede encontrarse en el comportamiento de Moisés y la parashá de esta semana.

Devarim, constantemente nos estimula a aprender y reaprender las mitzvot de la Torá. El nombre común del Deuteronomio mismo, Mishné Torá, significa un segundo recuento de lo que vino antes, en los cuatro primeros libros. Moisés es entonces, el modelo del más depurado alumno, que reflexiona constantemente sobre el mensaje pedagógico de Dios.
Un midrash de Ialkut Shimoni, enumera las cuatro veces que Moisés, como discípulo de Dios, no comprendió todo el mensaje de Dios y pidió a Dios aclarar Sus objetivos. La primera vez ocurrió poco después de su elección divina como profeta del pueblo, ante la zarza ardiente. Moisés transmite fielmente el mensaje de Dios al Faraón, y según el midrash, Moisés se sorprende de la reacción del Faraón. Si la intención de Dios era el rescate del pueblo, ¿cómo era posible la respuesta negativa del Faraón? Aquí, Moisés se interroga sobre las instrucciones de Dios, tratando de entender verdaderamente Sus intenciones subyacentes.
Lo mismo sucede cuando Miriam enferma de lepra, y de nuevo cuando se ordena a Moisés señalar a Joshua como su sucesor. Cada vez, el resultado de su interacción con Dios no es el que Moisés espera; más bien, el Midrash lo retrata volviéndose a Dios para que le aclare su profecía. Moisés hace el papel de alumno aplicado, que busca entender una lección difícil.

Su último cuestionamiento a Dios ocurre en la parashá de esta semana. Moisés busca a Dios y le repite su orden: "Y yo supliqué al Señor en aquel tiempo, diciendo: Señor Dios, Tú has comenzado a mostrar a Tu siervo Tu grandeza y Tu mano poderosa; pues ¿qué Dios hay en el cielo o en la tierra, que pueda hacer conforme a Tus obras, y conforme a Tus hechos estupendos? ¡Ruégote, me permitas pasar y ver la buena tierra que está más allá del Jordán, aquella serranía hermosa y el Líbano!" (Deut. 3:23-25). Dudando del edicto de Dios que le prohíbe entrar en la tierra, Moisés apela a Dios para que anule la orden y le permita entrar. Podemos comparar su ruego a Dios con el pedido de anulación de un voto. Moisés se enfoca intensamente en cancelar la promesa de Dios, que impide su entrada a la tierra. Con esto, Moisés intenta comprender el edicto, en su esencia.

En su tendencia continua a interrogar y buscar la aclaración y el significado, Moisés nos proporciona un paradigma de la responsabilidad de un estudiante. Su meta es reaprender su profecía hasta entender completamente el alcance de su mensaje. En todo caso, Moisés no está desafiando el mensaje de Dios, sino tratando de entender lo que puede no haber entendido al escucharlo por primera vez.

Lo mismo sucede con nuestro calendario de festividades y rituales. El mensaje histórico de cada ritual y de cada fiesta es claro, pero las razones para perpetuarlos no lo son. En el caso específico de Tishá b'Av, encontrar relevancia contemporánea en este día de duelo, en una era en la que se ha restablecido el Estado Judío, puede ser particularmente difícil. También durante los días del Segundo Templo, se dieron muchas objeciones con el objetivo de posponer indefinidamente el ayuno de Tishá b'Av. Para garantizar su relevancia, hemos definido este día en el calendario como el día en que ocurrieron numerosas tragedias.

Este año, con la guerra desatada en las fronteras de Israel y la destrucción que cae del cielo, tenemos nuevos motivos para nuestra conmemoración del Nueve de Av. Sin embargo, nuestra relevancia contemporánea es distinta a nuestro ritual histórico. No conmemoramos desde una posición de desamparo, sino de fuerza. Entendemos la angustia, pero "El dolor por la destrucción de dos templos hace miles de años aumentará este año con el dolor de la pérdida de vidas y la destrucción. Pero las tonadas lacrimosas de Eija y las Kinoit serán cantadas con un espíritu desafiante, no con un 100% de luto. Con un espíritu que sabe que Israel prevalecerá."

Cada ciclo de nuestro año calendario es un llamado a refinar y repasar nuestra comprensión de nuestras festividades y rituales. La afirmación de nuestro judaísmo no es una ceremonia pasiva sino un compromiso activo; no es simplemente atravesar el calendario, sino conectarse a él y reaprender nuestros momentos históricos sobresalientes, hasta lograr el nivel de entendimiento inspirado por Moisés.
 
 
Parashat Devarim / פרשת דברים
 

Parashat Devarim, da comienzo al último libro de la Torá, el libro de "Deuteronomio" es también conocido como "Mishné Torá" – "Repetición de la Torá", pues Moshé repite en él todas las cosas que ya se dijeron en la Torá. En la parashá "Shmot" – "Éxodo", Moshé dice que él no es un hombre de palabras: "Y le dijo Moshé a Dios: Te ruego, Adonai, no soy yo hombre de palabras ni desde ayer ni tampoco desde anteayer, ni desde el tiempo en que has hablado a Tu servidor, ya que lento de palabra y lento de locución soy yo". (Éxodo 4:10). Con el correr del tiempo, Moshé se convierte en líder y repite las palabras de Dios delante del pueblo. Por eso, el libro de Deuteronomio comienza con las palabras: "Estas son las palabras que habló Moshé a todo Israel". (Deuteronomio 1:1).

La parashá comienza con la continuación de la travesía hacia la tierra de Canaan. Dios le dice a Moshé que debe levantarse e ir al Monte Seir, al lugar donde estaban asentados los hijos de Seir. Dios avisa al pueblo que, en su camino hacia la Tierra Prometida, van a encontrarse con otros pueblos y deben comportarse con ellos de manera pacífica y no provocarlos, pues también aquellos pueblos recibieron de Dios un territorio para asentarse en él.

Antes del asentamiento de los moabitas en Moab, ellos se asentaron en Refaim, un pueblo antiguo a cuyos miembros se los consideraba gigantes, y los moabitas los llamaron "Emim": "Los Refaim son considerados ellos también como gigantes. Pero los moabitas los solían llamar "Emim"" (Deuteronomio 2:11). También en los territorios pertenecientes a los hijos de Amón se asentaron los Refaim y los Amonim los llamaban "Zamzumim", de la palabra "mezimá" – "astucia", pues eran pueblos de gran estatura que acostumbraban a actuar con astucia y artimañas: "Y los Amonitas los llamaban "Zamzumim"" (Deuteronomio 2:20). Moshé destaca que Dios exterminó a los Refaim y permitió a los Amonitas heredar su tierra (Deuteronomio 2:21).

Se les ordena a los hijos de Israel cruzar el río Arnón hacia el reino de los Emorim (Deuteronomio 2:24). Moshé se dirige a Sijón, rey de los Emorim, en son de paz, pero él decide salir a la guerra contra Israel. Los hijos de Israel destruyen sus ciudades, matan a sus habitantes y toman el botín. Después de la guerra contra Sijón, los hijos de Israel continúan su travesía hacia Bashán, hacia la tierra de Og, quien también era un gigante, sobreviviente del pueblo de los Refaim (Deuteronomio 3:11).

Dios calma al pueblo para que no tema porque, así como Él hizo con Sijón, rey de los Emorim, también hará con Og, rey de Bashán (Deuteronomio 3:2-3).

En la parashá "Shlaj Lejá", en el libro de Números, leímos por primera vez la descripción de los pueblos asentados en la Tierra Prometida. Los espías describieron a los numerosos habitantes de la tierra como gigantes y se compararon a sí mismos como langostas, como pequeños insectos que se pueden destruir fácilmente: "...Es tierra que se come a sus habitantes, y todo el pueblo que hemos visto en su seno, hombres de estatura son. Y ahí hemos visto a los Nefilim: los hijos de Hanak, descendientes de los Nefilim, aparecimos ante nuestros ojos como langostas, y así éramos ante los ojos de ellos" (Números 13:32-33). Los espías describen a la tierra como que "come a sus habitantes" y las langostas son la creaturas más pequeñas que pueden ser comidas. Así ellos destacan sus sensación de que la tierra los va a tragar fácilmente. La imagen de las langostas es la imagen propia: los espías se ven a sí mismos pequeños frente a las personas de gran estatura. En la parashá "Devarim", Moshé recuerda el relato de los espías y nuevamente son recordados los gigantes que habitan la tierra: "Y también hijos de Anak (gigantes) vimos ahí" (Deuteronomio 1:28).

Muchas explicaciones se dieron al adjetivo "anak" - "gigante". Para nosotros, "Refaim" y "Anakim" son personas de gran estatura. Es decir, opuestos a los seres de pequeño tamaño, como las langostas. La parashá "Devarim" trae, como ejemplo, las medidas del cajón en el cual fue enterrado Og rey de Bashán, y estima así el tamaño intimidante del rey: "Pues solamente Og, rey de Bashán, había quedado del remanente de los Refaim; he aquí que una cama, cama de hierro, -que por cierto está en Rabbah de los hijos de Amón-, nueve codos es su largo y cuatro codos es su ancho, en codo de hombre" (Deuteronomio 3:11). En nuestra parashá se aprende que gracias a la ayuda de Dios se puede vencer a los gigantes: "Entregó Adonai nuestro Dios en nuestra mano, también a Og, rey de Bashán, y a todo su pueblo. Lo batimos hasta no dejarle sobreviviente" (Deuteronomio 3:3).

La descripción de los Refaim, personas de gran estatura, los Nefilim, Og rey de Bashán, Goliat y otros gigantes, nos quiere enseñar que, a veces, por miedo y temor, le damos mucha importancia a los datos físicos. Cuando estamos en guerra con un enemigo externo o con enemigos que se encuentran dentro nuestro, los datos concretos no deberían ser el único parámetro para valorar el poder de las partes. El espíritu del ser humano, su fe, su firmeza y su apego al objetivo por el cual pelea, no son menos importantes, -y quizás hasta lo son más aún-, para el resultado final de la lucha.

 
 
Parashat Masei / פרשת מסעי

El historiador Simón Dubnov dedico su vida a escribir la extensa historia judía en 10 tomos, que tituló "Historia Mundial del Pueblo Judío". El título tenía la intención de transmitir la naturaleza global de la odisea judía. ¿Qué otra nación se había asentado en los cuatro confines del mundo sin perder su identidad y unidad? La clave de la supervivencia judía, según Dubnov, era una misteriosa habilidad para formar, en el exilio, comunidades gobernadas por ellos mismos, que perpetuaban una cultura religiosa distintiva. La tarea del historiador era descubrir la huella de ese logro inagotable de disciplina grupal, entendimiento político y creatividad espiritual. Ninguna estación de paso debía quedar por fuera. Dubnov, (quien concibió la creación del Instituto Científico Ídish, YIVO) sin ayuda, había transformado a muchos judíos de Europa Oriental en historiadores aficionados.

Este relato de recuperación histórica me vino a la mente como comentario sobre un archivo histórico incluido en la última parashá del libro de Números (33:1-49), que lleva la jornada a través del desierto a su conclusión. Antes de cederle Moisés las riendas del liderazgo a Joshua, hace una rápida recapitulación del itinerario recorrido desde el éxodo de Egipto, nombrando cada uno de los 47 lugares en los que la nación acampó. La forma estilística carece casi totalmente de detalles narrativos, pero cada nombre se repite dos veces, como para reforzar la memoria. A veces, la naturaleza descriptiva de un nombre en particular despierta un tímido recuerdo de lo que pasó allí. Sin embargo, todos son de gran valor, pues todos contribuyeron a formar el carácter nacional de Israel. La lista es el producto de una sensibilidad histórica.

Najmánides cita un comentario maravillosamente humanista de Rash,i donde subraya lo que es evidente en el texto: que Dios nunca le encomendó a Moisés compilar esta lista. La iniciativa fue completamente suya, impulsado por una insinuación divina de que su fin estaba cerca. Poco antes Dios le había dicho a Moisés: "Venga a los hijos de Israel de los medianitas; después de esto serás agregado a tu pueblo" (Números 31:2). Habiendo logrado esa victoria militar con tan solo 12,000 tropas, Moisés esperó su muerte haciendo un bosquejo de sus memorias. Ibn Ezra corrobora el énfasis de Rashi. La frase "por orden del Señor", en el versículo "Y escribió Moisés las partidas de ellos conforme a sus jornadas, por orden del Señor" (33:2), debe entenderse como atributo de las jornadas (es decir, que siempre marchaban por mandato del Señor) y no como atributo de los registros de Moisés. En resumen, como muchos seres humanos, Moisés se enfrentó a su muerte esforzándose una vez más por dejar un informe bien ordenado del viaje emprendido.

El objetivo de la lista, según Rashi, es demostrar que, en retrospectiva, Dios nunca abandonó a Israel. ¿Cómo, si no, hubieran podido atravesar una región tan inhóspita, un terreno tan desconocido y un ambiente tan hostil? En efecto, muchas de las paradas les proporcionaron largos intervalos de gran tranquilidad. En mi opinión, la lista constituye un presagio de las listas por venir. Conforme el desierto hace desaparecer gradualmente el exilio, el número de paradas continúa creciendo y el viaje sigue sin término ni interrupción, hasta circunvalar todo el globo. Como dueño y señor de las listas, el historiador se asoma al misterio de la supervivencia judía. El significado esencial reside en el carácter único del todo, más que en el brillo de cualquiera de sus partes individuales.

Simón Dubnov. Murió en Riga a manos de los nazis, en diciembre de 1941, a los 81 años. Como estaba muy débil y enfermo para ser deportado, fue fusilado en el ghetto. Aquellos que fueron testigos del asesinato reportaron que las últimas palabras de Dubnov fueron: "Judíos, escriban sobre ésto."

 
 
Parashat Matot / פרשת מטות


Esta parashá, comienza con un tema muy relevante, aun hoy en día, que es el poder de la palabra, y el compromiso con nuestros dichos.

"Cuando un hombre hace un voto al Señor o se impone una obligación bajo juramento, no deberá faltar a su palabra: es preciso que haga exactamente lo que ha prometido" Números 30:2-3.

Esta porción de la Torá comienza refiriéndose a las leyes relativas a promesas, votos y juramentos que fueron inculcadas por Moisés a "las cabezas de las tribus de los hijos de Israel" y enseña el valor e importancia de la palabra: instrumento que distingue a los seres humanos del resto de la creación.
- Con la Palabra nos relacionamos entre las personas y nos dirigimos al Creador para solicitar su compañía y auxilio.

- Por medio de la palabra nos acercamos a Él para alabarle y hacer nuestros pedidos. Antes de comenzar la Amidá decimos: Señor, abre mis labios y mi boca pronunciará Tus loores. (Salmo 51:17)
- Con la palabra nos comprometemos, y cumplir con la palabra empleada es valorarnos como seres humanos seguidores del Señor.

En el principio "Dios dijo" (Génesis 1:3)…
ÉL crea mediante la Palabra. No siempre el ser humano lo emula: a diario vemos cómo con la palabra destruimos, en lugar de construir, y dejamos de obrar como co-creadores.

Cuando una promesa es incumplida se destruye la confianza. Cuando empeñemos nuestra palabra, realmente comprometámonos para que nuestro ser se ennoblezca.

Dios nos insta a utilizar este precioso instrumento con probidad y respeto. Decir y hacer conforme a lo dicho es fundamental, sin importar las conveniencias del momento, valorando lo prometido y el propio honor: fuimos hechos a "su imagen y semejanza".
Para que la palabra sea proba, es indispensable saber escuchar. Solo se puede responder con certeza cuando se ha escuchado con atención y presteza.

Aun, el rey Balak contrató los servicios del mago Bilam para destruir a los hijos de Israel, confiriéndole más valor a las palabras del mago que a sus propias fuerzas.

Varios textos de la Torá hablan de utilizar las palabras con veracidad, haciendo que los votos pronunciados se concreten en las realidades previstas.

Se un hombre de palabra indica el Libro de Deuteronomio 23-24.

No tomar en falso el nombre de Dios, no hablar incorrectamente en nombre de ÉL está prescripto en Éxodo 20, en Levítico 19 y en Deuteronomio 5.

La expresión del habla externa, es decir el lenguaje, es un aspecto que proviene de un lenguaje interno más profundo, la comunicación, necesidad del ser humano, será veraz y respetuosa si permitimos que nuestra alma se llene de Su Palabra de Vida.

Como dice el Salmo 145:21 "Mi boca proclamará la alabanza del Señor: que todos los vivientes bendigan su santo Nombre, desde ahora y para siempre. "

 
 
Parashat Pinjas / פרשת פינחס


Nuestra parashá está llena de contradicciones, así como nuestra vida. Por un lado, en la segunda parte de la misma leemos acerca de las órdenes de Dios a Moshé sobre los sacrificios. Hay una larga descripción –que talvez puede llegar a cansarnos- de los sacrificios que el pueblo de Israel debía ofrecer diariamente, en Shabat, Pesaj, la fiesta de las Primicias, el día del Estruendo del Shofar, Iom Kipur, Sucot y Shmini Atzeret (Números 28-29). Por otro lado, la parashá incluye narraciones especiales: el final del relato de los celos de Pinjás (Números 25:11-18) y el relato sobre las hijas de Tzlofjad (Números 27:1-11).

Por un lado, en la parashá hay una visión de rutina y de algo constante, que se expresa en la lista de los sacrificios. Frente a esta visión, hay algo único y sorprendente, que se expresa en los relatos de Pinjás y de las hijas de Tzlofjad.

Lo constante – los sacrificios en la época del Gran Templo de Jerusalem, o los rezos y los preceptos de nuestra época- da el marco rutinario a nuestra vida judía. Pero esta rutina, aunque vital, puede aturdir nuestros sentidos si se hace sólo como parte de la obligación de cumplir un precepto, o sea, sin kavaná, sin intención. Por otro lado, lo único y sorprendente tiene un potencial de matizar la rutina y enriquecer la vida, pero sólo si está dentro de límites claros.

Analicemos dos acontecimientos de nuestra parashá: Pinjás recibe, aparentemente, aprobación a su acción de celos en las palabras de Dios al inicio de la parashá: "Habló Adonai a Moshé diciendo: Pinjás, hijo de Elazar, hijo de Aarón el sacerdote, ha hecho retroceder Mi furor de sobre los hijos de Israel al celar él Mi celo en el seno de ellos; y no exterminé a los hijos de Israel por Mi celo. Por lo tanto, di: He aquí que Yo le confiero a él Mi Pacto de Paz. Y será para él y para su descendencia en pos de él, pacto de sacerdocio perpetuo, a cambio de lo que ha celado por su Dios y ha expiado por los hijos de Israel". (Números 25:10-13). Como se puede ver en la impresión del texto bíblico, la letra "vav" de la palabra "shalom" está cortada, no está completa. Parece que esto viene a indicar que la acción de Pinjás no es un hecho que debe volver a repetirse para lograr la paz. Y así, hubo entre Nuestros Sabios quienes argumentaron que Pinjás no actuó según la voluntad de los sabios del pueblo, sino por sus propios celos. Sus acciones son únicas y quien actúa por celos, como Pinjás, merece ser censurado.



En contraposición al relato de Pinjás, se encuentra en nuestra parashá el relato de las hijas de Tzlofjad. En la larga lista de relaciones de parentesco que separa a los relatos de Pinjás y de las hijas de Tzlofjad, hay dos versículos que se distinguen: "Pero Tzlofjad hijo de Jefer no tenía hijos sino hijas; y el nombre de las hijas de Tzlofjad era: Majla y Noa, Jogla, Milka y Tirtza" (Números 26:33).

La lista de las familias que es citada según los padres de cada familia (Números 26), es detallada con el objetivo de dividir la herencia de la tierra de Israel a las tribus y familias, y destaca el hecho de que las hijas de Tzlofjad no pudieron heredar porque la tierra iba a ser dividida sólo entre los hombres.
¿Qué hicieron las hijas de Tzlofjad? ¿Cómo tomaron la decisión de acercarse a Moshé, Elazar y los ancianos? El midrash completa el vacío del texto: "Se acercaron las hijas de Tzlofjad: Al escuchar las hijas de Tzlofjad que la tierra iba a ser dividida por tribus y no a las mujeres, se reunieron todas para consultarse. Dijeron: La misericordia de Dios no es como la de los seres humanos; los seres humanos sienten más misericordia hacia los hombres que hacia las mujeres, pero la misericordia de Dios es igual para todos, como está escrito: "Y Su misericordia sobre todas Sus acciones" (Salmos 145)". (Sifrei Pinjás, 133).

El midrash cuenta que ellas se acercaron unas a las otras para consultarse, y basándose en la fe que tenían en el hecho de que Dios se apiada de igual manera de los hombres y de las mujeres, se dirigieron a Moshé de manera agresiva: "Danos a nosotras posesión entre los hermanos de nuestros padres". Moshé se dirigió a Dios. La respuesta que recibió fue: "La hijas de Tzlofjad están diciendo lo correcto". Y como consecuencia del pedido de las hijas de Tzlofjad, se determinó la ley para todas las generaciones: "Un hombre cuando muriere e hijo no tuviere, habréis de transferir su herencia a su hija". Y esta ley se instituyó.

Y es así que la fe de las hijas de Tzlofjad en el hecho de que la misericordia de Dios es para todos de manera igualitaria, es la fe que motiva a mujeres y hombres de nuestra época a realizar esfuerzos para romper la rutina de las situaciones impuestas contra las mujeres. Claro ejemplo de ello son las actividades en favor de las mujeres a las cuales se les niega el guet, el divorcio, en las Cortes Rabínicas de Israel. Ojalá que todos podamos transformar lo único y sorprendente basado en la justicia a algo rutinario, como ocurrió con el caso de las hijas de Tzlofjad.
 
 
Parashat Jukat / פרשת חקת


Tomó Moshé la vara de ante Adonai, como le hubo prescrito. Y congregaron Moshé y Aarón a la congregación a frente de la roca y les dijo a ellos Escuchad ahora los rebeldes, ¿acaso de esta roca os vamos a sacar agua?. Elevó Moshé su mano y golpeó la roca con su vara dos veces; salieron aguas copiosas, bebió la asamblea y sus animales. Dijo Adonai a Moshé y a Aarón: Puesto que no habéis creído en Mi para consagrarme ante los ojos de los hijos de Israel, por lo tanto no habréis de traer a esta congregación a la tierra que Yo les he dado a ellos". (Números 2-:9-12).

Las interpretaciones midráshicas de estos versículos reflejan la problemática de nuestros Sabios con este texto bíblico. En comparación con la grandeza del líder, aquel ataque de ira y aquel momento de duda son insignificantes. Aunque sabemos que los justos son juzgados hasta en los más mínimos detalles, sería injusto –tanto para con Dios como para con Moshé- no analizar mejor estos versículos.

Nuestros Sabios adoptaron varias ideas interesantes en su intento de fortalecer o rechazar el texto literal. Un midrash se refiere a la violación de la fe y confianza características de aquella relación "cara a cara" en la cual Moshé podía expresar libremente sus quejas.

En esta manifestación pública de falta de fe, Moshé corta su relación íntima con Dios. El autor del midrash apunta a otro versículo (Números 11:21), en el cual Dios Actúa de manera indiferente ante una situación aún más grave de falta de fe. Allí Moshé duda de la capacidad de Dios de dar de comer a seiscientas mil personas. Pero estas palabras son dichas durante una conversación privada y, por lo tanto, Dios no Se enoja por lo que dice Moshé. Pero cuando golpea la roca, Moshé manifiesta su frustración en público. Como explica el midrash Bamidvar Rabáh 19:10.

"¿Por qué fue decretado que Moshé no entre a la Tierra Prometida? El caso se parece a un rey que tenía un amigo íntimo que actuaba ante él de manera insolente cuando estaban en privado y el rey no hacía nada contra él. Pero un tiempo después, el amigo actuó de manera insolente hacia el rey delante de sus legiones y el rey decretó la muerte de su amigo. Asimismo, el Santo Bendito Sea le dijo a Moshé:"El primer acto de insolencia (Números 11) fue sólo entre nosotros dos, pero ahora fue delante de muchos. Esto no puede ser, por eso está escrito: "Puesto que no habéis creído en Mí, para consagrarme ante los ojos de los hijos de Israel, por lo tanto no habréis de traer a esta congregación a la tierra que Yo les he dado a ellos".

Otro midrash destaca la gravedad de las palabras ofensivas de Moshé contra el pueblo. En él se toma en cuenta la difícil situación en la que se encontraban los hijos de Israel. ¿Qué se puede esperar de un pueblo de esclavos que fue tomado de la "seguridad material" de Egipto y fue obligado a enfrentar las privaciones del desierto? ¿Acaso ellos no tenían razón en quejarse, tomando en cuenta la situación peligrosa en la que se encontraban? Las exigencias de la existencia cotidiana tienden a hacernos olvidar los milagros y maravillas. En ese contexto entendemos las palabras acusatorias del midrash: "Como consecuencia de las palabras de Moshé: "Escuchad ahora los rebeldes, ¿acaso de esta roca os vamos a sacar agua?", Yo (Dios) Decreto que Moshé no entrará en la Tierra Prometida". (Yalkut Shimoni, Job 908). Otra interpretación intenta mitigar la severidad del decreto Divino. En un midrash, se presenta el decreto como un acuerdo entre dos partes, como una iniciativa unilateral. Moshé acepta el veredicto sobre sí mismo con la condición de que Dios Perdone al pueblo de Israel por el pecado del Becerro de Oro. Aquí se destaca la constante entrega de Moshé al pueblo de Israel, en contraposición con la ofensa eventual:

"Le dijo: Soberano del Universo: ¡Que yo (Moshé) muera y cien como yo conmigo, pero que no sea lastimada una uña de los hijos de Israel!". (Devarim Rabá 7:10). Una última interpretación se centra en la preocupación de Dios por los sentimientos de Moshé. El midrash ve el decreto de Dios como un acto de compasión cuyo objetivo es evitar la humillación de Moshé como consecuencia del nombramiento de Yoshúa como su sucesor. Moshé implora a Dios y le pide ser el ayudante de Yehoshúa para así poder entrar en la Tierra Prometida. Dios responde al pedido y Moshé va a la izquierda de Yehoshúa, como símbolo de su posición inferior.

Los dos entran a la Tienda de Reunión y una columna de nube los separa. Cuando desaparece la nube, Moshé se dirige a Yehoshúa y le dice: "¿Qué te fue revelado? Yehoshúa respondió "Cuando La Palabra fue revelada a tí, ¿acaso yo supe lo que Dios Te dijo?". En ese momento Moshé exclamó: "Mejor morir cien veces que experimentar la envidia una sola vez"". (Devarim Rabá 9:9).

Los primeros dos midrashim tratan de justificar la acción de Dios a los ojos de los seres humanos, y los últimos reflejan la compasión existente en Moshé y en Dios. Por su amor al pueblo de Israel, Moshé estaba dispuesto a renunciar al cumplimiento del sueño de su vida de entrar a la tierra de Israel, y por Su amor a Moshé, Dios Tuvo que evitar que Moshé perdiera su distinguida posición ante El en la Tienda de Reunión. Moshé –enceguecido por su deseo de entrar a la Tierra Prometida-, aprende sólo por el camino más difícil, que Dios Hizo un acto de compasión con él.

Una leyenda talmúdica cuenta que Dios le propuso a Moshé liderar la bendición después de las comidas en una cena en honor a los justos en el otro mundo. Moshé rechazó la invitación diciendo: "No lo voy a hacer porque no tuve el honor de entrar en la tierra de Israel" (Devarim 119b). Tanto en el cielo como en la tierra, Moshé se presenta como "muy modesto, más que todo ser humano que existe sobre la faz de la tierra" (Números 12:3).

Triste e irónico. Nosotros –que no llegamos ni a los talones de Moshé tuvimos el honor de heredar la Tierra Prometida, mientras que Moshé –el más grande de todos-, fue enterrado al otro lado del río Jordán, en un lugar desconocido.

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Parashat Koraj / פרשת קרח


La haftará que acompaña a parashat Koraj (Samuel I, capítulos 11-2), describe el final de la época de los Jueces. En el capítulo ocho, el pueblo pide a Samuel que corone a un rey. Según ellos, los hijos de Samuel –que deberían ser quienes juzgarían al pueblo después de él – no merecían hacerlo porque no siguieron el camino de su padre: “Pero no anduvieron los hijos por los caminos de su padre, pues fueron tras la avaricia, recibieron soborno y no hicieron justicia” (Samuel I, 8:3). El pueblo quería ser como todos los pueblos, con un rey liderándolos.

Samuel se opuso duramente a los deseos del pueblo. A su entender, esto era un golpe directo a Dios, Rey de Reyes, el Único que debe reinar sobre Israel (versículo 6). Pero el Santo Bendito Sea le dice: “Y dijo Adonai a Samuel: Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan; porque no te han rechazado a ti, sino a Mí me han rechazado, para que no reine sobre ellos” (versículo 7).

El pueblo se reúne en Guilgal y ahí Samuel corona a Saúl como rey de Israel. Samuel aún está sentido y dolido por el pedido del pueblo y por el rechazo a su liderazgo. Pero frente a todo el pueblo, él coloca a Dios y a Su elegido (el rey Saúl) como testigos y dice:

“Heme aquí, testificad contra mí frente a Adonai y frente a Su ungido: ¿El buey de quién he tomado? ¿El asno de quién he tomado? ¿Y a quién he oprimido? ¿O a quién he expoliado? ¿Y de mano de quién he tomado rescate para que me oculte mi ojo de él? ¡Yo os devolveré!”. Dijeron ellos: “No nos has oprimido ni nos has expoliado ni has aceptado nada de mano de hombre alguno”. Les dijo a ellos: “Es testigo Adonai contra vosotros y es testigo Su ungido este día, que nos habéis hallado en mi mano nada”. Y dijo: “Es testigo””. (Samuel I: 12:3-5).

Samuel pide testificar delante de Adonai y delante de Su ungido que durante toda su vida él se comportó con rectitud y justicia, no tomó nada de nadie ni hizo mal a nadie.

Estas palabras recuerdan las de Moshé en nuestra parashá. También allí hay una rebelión contra el líder. Además de Koraj y su gente, también se levantaron contra Moshé, Datán y Aviram de la tribu de Rubén. La razón oficial de la rebelión fue que Moshé no cumplió con su promesa y no llevó al pueblo a la tierra de Israel, sino que los llevó a morir en el desierto. Moshé pidió hablar con Datán y Aviram para llegar a una conciliación. La reacción de Datán y Aviram fue clara: “No iremos”. (Números 16:12). Moshé, que fue tras ellos para tratar de conciliar, se sintió profundamente dolido con esta respuesta, y así está escrito (Números 16:15): “Se enfureció Moshé mucho y dijo a Adonai: “No aceptes su ofrenda; no he tomado de ellos ni siquiera un asno ni he hecho mal a alguno de ellos””. Como Samuel, también Moshé declara que nunca tomó nada de nadie y nunca hizo mal a nadie.

En la Biblia, los gobiernos de ambos líderes son considerados como de rectitud y justicia. También nuestros Sabios vieron a Moshé y Samuel como modelos ejemplares de líderes ideales, y así está escrito en el Midrash Tanjuma, Parashat Shoftim, guimel: “Jueces y guardianes....y es necesario que estén limpios de todo juicio, para que nadie abra la boca contra ellos, como Moshé y Samuel. Es decir, jueces y guardianes que no tengan nada que los pueda impugnar”. Los líderes del pueblo deben ser personas correctas y rectas, guardianes de la justicia.

Koraj, en nombre de la democracia, argumentó que cada uno en el pueblo puede ser líder, puesto que todo el pueblo es santo (Números 16:3). La santidad fue otorgada a todo el pueblo en el Monte Sinai. La santidad es un don. Pero ya aprendimos en la parashá “Kedoshim” (Levítico 19), que el sentido de “ser santo” es cumplir los preceptos de Dios y hacer justicia. El líder merecedor de ese puesto es aquél que es verdaderamente “santo”, como lo fueron Moshé y Samuel.

En nuestras vidas y en lo cotidiano, debemos intentar llevar adelante el modelo de estos líderes, con la capacidad de deseo con todas las fuerzas ser “santos”, guardianes de la ley y de la justicia.

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