La parashá Tazría trata una de las mitzvot más conocidas y observadas: la mitzvá de Brit milá (circuncisión). Señala que la circuncisión debe ser realizada en el octavo día, y el Talmud explica que incluso si el octavo día cae en Shabat, la milá debe ser realizada de todas formas, a pesar de contener una de las melajot (actividades creativas) que están generalmente prohibidas en Shabat. Tal es la importancia del brit milá.¿Cuál es la importancia de realizar el brit específicamente en el octavo día?

Para responder esta pregunta, es importante analizar la importancia de ciertos números para el pensamiento judío. El mundo fue creado en seis días, y en el séptimo, Dios descansó, creando así la idea de Shabat, el día en el que evitamos realizar creaciones físicas y nos enfocamos más en los objetivos espirituales. Por consiguiente, el número seis simboliza el mundo físico, mientras que el siete representa la infusión de espiritualidad en este.

El número ocho simboliza la espiritualidad que está más allá de este mundo, más allá de las leyes de la naturaleza. Eliminar parte de nuestro cuerpo representa elevarnos por sobre nuestros deseos físicos. Algunos comentaristas escriben que una de las razones del brit milá es que debilita la lujuria física natural del hombre. De acuerdo a esto, el brit milá representa la disociación del judío de las leyes naturales del olam hazé (este mundo) y el aferrarse a un nivel de existencia completamente diferente.

La idea de que brit milá representa trascender el olam hazé se ve en el relato de la Torá del mandamiento que Dios le da a Abraham respecto a esta mitzvá. Dios le dice a Abraham: “Camina ante mí y serás perfecto” Génesis 17:1). Rashi explica que Dios le estaba instruyendo a Abraham que se hiciera el brit milá y que, de esa forma, alcanzaría la perfección. Inmediatamente después de eso, Dios le dice a Abraham que le cambiaría el nombre, que hasta entonces era Abram, por Abraham. Es claro de los versículos que esta promesa y la de un brit eterno entre Dios y los descendientes de Abraham, dependía de que Abraham hiciera su propio pacto con Dios: el de Brit milá. Así, vemos que el Brit milá está intrínsecamente conectado al hecho de que el pueblo judío vive en un plano de existencia completamente diferente.

Porque se puede incluso transgredir el shabat por el brit milá?
Shabat representa la forma de servicio a Dios en que la persona utiliza el mundo físico con objetivos espirituales, mientras que milá representa servirle a Dios mediante la debilitación del apego al mundo físico. Milá se antepone a Shabat, porque evita el riesgo de ser atrapado por el iétzer hará (instinto del mal) y quedar demasiado apegado al mundo físico mientras realizamos acciones aparentemente espirituales.

Vimos que el Brit milá representa la separación del mundo físico como una forma de acercarse a Dios, y vimos también cómo esta forma de servicio a Dios (avodat Hashem) es esencial para el crecimiento de la persona. A pesar del estrés que implica estar involucrado en el mundo físico con objetivos espirituales, la forma principal de alcanzar la grandeza es mediante el involucramiento en actividades puramente espirituales, como la plegaria y el estudio de Torá.

Shabat Shalom !!!

 

 

 

Estimados Socios y Amigos:

Reciban todos un caluroso saludo en esta semana tan especial donde conmemoramos Iom Haatzmaut, fecha clave y por cierto especial, dado que Israel cumple ni más ni menos que 70 años. Los invito a sumarse a esta celebración en homenaje a los hombres y mujeres que participaron en duros momentos y que con esfuerzo y valentía, contribuyeron a ser de este, un gran país.

Por cierto, no dejo de lado y vaya mi agradecimiento, a los que desde otra parte del mundo, han aportado y lo siguen haciendo desde distintas aristas a este gran desafío. Israel merece toda nuestro reconocimiento y espero nos acompañen este Domingo en una gran celebración Intercomunitaria, en las dependencias del Estadio Israelita. Hay grandes sorpresas para todos…

Un abrazo a todos,

Shabat Shalom

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

Se dice que estamos en el mejor momento del cine chileno. Como si el cine chileno no hubiese pasado por muchos otros “mejores momentos”. Como si el cine chileno comenzara hoy con Sebastián Lelio y los Larraín. No es que me parezca sin importancia ganar un Oscar, o que desconozca lo valioso de la internacionalización de nuestros realizadores. Pero este revuelo nos oculta que el cine chileno sigue arrastrando los mismos problemas: grandes dificultades de financiamiento, fondos de apoyo que sólo apoyan a unos pocos, un mercado nacional reducido, escaso sostén de distribuidores y exhibidores, críticos que mayoritariamente ignoran la producción nacional o que sólo la miden por la recaudación en boletería, desigualdad en el trato publicitario frente a los grandes blockbuster que monopolizan la cartelera, etc.

En un entorno como éste, hacer una película puede llegar a ser una aventura muy riesgosa, que suele durar años y tener importantes costos financieros, obligando muchas veces a hacer concesiones creativas dolorosas.

Pese a todo ello, hay un excelente cine chileno, sobre el que la prensa “de espectáculos” no arma mayor revuelo, tal vez porque no se trata de figuras que estén en la cresta de la ola o que desarrollen temas que estén de plena moda, como los problemas de género u otros (no quiero decir con esto que “Una Mujer Fantástica” no me parezca fantástica, sólo que hay otro gran cine chileno ignorado). Vemos hoy cómo el interés se centra en el superhéroe negro, el retorno a la acción de Bruce Willis o las películas del Oscar (algunas de ellas por cierto muy buenas) y casi no queda espacio para los estrenos nacionales (que han sido varios en estas semanas, algunos de gran interés y calidad). Entre estos estrenos, destaca la nueva obra maestra de Silvio Caiozzi (en cuya realización demoró diez años): “...Y de pronto el amanecer”.

Primero, algo sobre Silvio. Sin dudas uno de los realizadores más sólidos de la historia del cine nacional, que comenzó su carrera como director (antes había sido director de fotografía de varios filmes importantes) realizando, con Pablo Perelman, en las difíciles condiciones post-golpe, una película que ha sido injustamente subvalorada: “ A la sombra del Sol” (1974). Autor de “Julio comienza en Julio” (1979), elegida la «mejor película chilena del siglo XX» por votación popular convocada por la Municipalidad de Santiago y considerada unánimemente entre las mejores películas chilenas de todos los tiempos (junto con “El Chacal de Nahueltoro” de Miguel Littin). Autor también de un conjunto de filmes “clásicos” que plasmaron a la perfección el complejo mundo de las novelas de José Donoso (posiblemente el mejor novelista chileno): “Historia de un roble solo” (1982), “La Luna en el espejo” (1990), “Coronación” (2000) y “Cachimba” (2004).

Pocas veces se produce una simbiosis tan profunda como esta de Caiozzi y Donoso, que permitió plasmar en el celuloide, más allá de los defectos menores de uno u otro film, todo ese mundo fantasmal de una clase social en decadencia, ese universo de frustraciones, tristezas y fracasos, de memorias dolorosas a veces, tramposas casi siempre, de telarañas y secretos escondidos “tras un tupido velo”. Todo aquello, en fin, que hace una parte inseparable de nuestro ser nacional.

Ahora Caiozzi regresa a las pantallas con “...Y de pronto el amanecer”, su película más ambiciosa: un filme totalizador, que resume toda su obra creativa, que refleja todo su mundo, todas sus preocupaciones, todos sus dolores, todos sus fantasmas, todas sus esperanzas, pero también ese Chile desdibujado por una sociedad inmediatista, ese Chile de infancias mágicas en los bosques de Chiloé, de burdeles y bares populares, de cuentos y cantos, de adolescencias que tímidamente comienzan a descubrir el amor, de lo que pudo ser y no fue, ese Chile de memoria imprecisa, contradictoria, donde se borran los límites entre los recuerdos que fueron y los que nuestra imaginación inventa, pero ineludiblemente, también esa infancia y juventud truncadas por el Golpe de Estado, por el miedo que se enquista en los corazones, por la traición que corroe la amistad, por el amor negado, por el abandono de lo que éramos y lo que queríamos ser.

Para ello, Caiozzi se encontró con las novelas y cuentos de Jaime Casas y ambos toman personajes y situaciones, ambientes y paisajes, del conjunto de esa obra, para escribir un guión maravilloso, con algo de García Márquez, algo de Raúl Ruiz, algo de José Donoso, algo de Federico Gana, pero insoslayablemente inmerso en el mundo de Silvio Caiozzi.

Y ahí está ese protagonista escritor (magníficamente interpretado por Julio Jung), que regresa a su natal Chiloé para reencontrar su origen y ajustar cuentas con sus traiciones y olvidos, con sus debilidades y miserias, las suyas y las de sus antiguos amigos, como Miguel (encarnado brillantemente por Sergio Hernández) o Luciano (Arnaldo Berríos, notable); para reencontrarse con su historia personal y la historia del país, tratar de entender el pasado, para finalmente encontrar ese amanecer que le traerá el perdón y la esperanza y quizás encontrar un sentido para su vida en ese sol atrapado en la mano.

Una película apasionante pese a su metraje (que vuela ágilmente). Imperdible.

 

 

 

 

 

 

 

 


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